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Subido por: Jose Luis De Vicente Blazquez
- Fecha de Creación:
- Fecha de Actualización: 26 de octubre de 2026
🍺 En el Cowboy Bar de Meeteetse, en Wyoming, nadie discute en serio si el local está encantado: discuten, como mucho, cuántos fantasmas viven exactamente en él. Las empleadas llevan años notando corrientes de frío repentinas, voces que nadie puede situar y una presencia femenina que, según ellas, se dedica sobre todo a una tarea muy concreta: poner orden cuando algún cliente se pasa de la raya. Un reportaje reciente de Cowboy State Daily ha vuelto a poner nombre y cara a esa presencia, y el nombre es el de una pionera real que vivió, trabajó y murió a pocos metros de la barra: Sylvia Mikkelson.
🍻 Un bar que lleva un siglo sirviendo historias en el Cowboy Bar de Meeteetse
Meeteetse es uno de esos pueblos de Wyoming que parecen sacados directamente de un wéstern de serie B: un puñado de calles, un ferrocarril que nunca llegó y un cielo que se traga el horizonte. El Cowboy Bar de Meeteetse lleva siendo, desde hace más de un siglo, el punto de encuentro de rancheros, turistas y curiosos que pasan por la zona camino de Yellowstone. Su actual propietaria, Tess Tom, mantiene viva una tradición de barra ruidosa y clientela fiel que, según cuentan sus propias empleadas, no está compuesta solo por vivos.

Ella Randol, una de las camareras del local, es quien más ha hablado públicamente del tema. Según su relato, cuando un cliente se pone agresivo o levanta demasiado la voz, el ambiente se enfría de golpe, como si alguien invisible decidiera poner freno a la discusión desde algún rincón de la sala. «Cuando hay problemas, se nota un frío intenso», resume Randol, convencida de que esa vigilancia tiene nombre propio y lleva generaciones ejerciéndose desde la misma barra.
👩🌾 Quién fue realmente Sylvia Mikkelson
Antes de convertirse en leyenda de sobremesa, Sylvia fue una mujer de carne y hueso con una biografía perfectamente documentada por el Meeteetse Museums. Nació como Sylvia Cheney en Pensilvania en 1868 y se trasladó de niña con su familia hasta Lander, Wyoming. En 1889 se casó con Nels Mikkelson, con quien se instaló en un terreno junto a Cottonwood Creek antes de mudarse, hacia 1898, a la zona de Sunshine, muy cerca de Meeteetse.
Mientras Nels llevaba una línea de diligencias y trabajos de transporte por la comarca, Sylvia regentaba una tienda de mercancía seca justo al lado del Meeteetse Hotel: el mismo oficio, en esencia, que sigue vivo hoy a pocos metros, convertido en bar. El matrimonio se separó hacia 1910, y en 1912 Sylvia recibió la patente de su propio terreno, que vendió en 1915 al Antlers Ranch. Un año después regresó a Meeteetse, donde permanecería hasta el final de sus días.
Ese final llegó en septiembre de 1918, cuando murió tras una operación rutinaria para extirparle cálculos biliares, una intervención que en la Wyoming rural de la época distaba mucho de ser segura. El Meeteetse News del 20 de septiembre de 1918 describió la conmoción que la noticia provocó en una comunidad tan pequeña que todos se conocían por el nombre de pila. Su exmarido, Nels, fue quien acompañó el cuerpo hasta Lander para el entierro, un último gesto que la propia prensa local consideró digno de mención.
👻 Las señales que nadie en el bar sabe explicar
El relato actual arranca con un hallazgo muy concreto: un ático del edificio que, según Randol, nadie recordaba haber explorado a fondo. Al subir junto a un cliente, ambos encontraron una estancia donde el aislante parecía aplastado, como si alguien hubiera estado sentado allí durante mucho tiempo. Los dos sintieron, según su testimonio, la presencia clara de una mujer y decidieron bajar sin quedarse a comprobar nada más. La cámara de otra empleada, Aspen, enfocó esa misma noche una esquina del ático que no era la que estaba a oscuras; al día siguiente, la puerta que habían dejado cerrada apareció abierta.

El episodio que más ha corrido de boca en boca ocurrió, cuentan, el Día de la Madre. Randol dejó un ramo de flores en el ático, a modo de ofrenda simbólica, y al volver las encontró movidas de sitio. Cuando preguntó en voz alta si le habían gustado, una grabadora que había dejado encendida capturó, según su relato, una voz de mujer que respondía con un sencillo «Thank you». Tanto Randol como la propia Tess Tom aseguran además haber notado, estando abajo en la barra, el contacto físico de una mano femenina sobre el hombro o el brazo, sin que hubiera nadie cerca capaz de haberlo provocado.
Ninguno de estos testimonios está verificado de forma independiente, y el propio reportaje de Cowboy State Daily lo deja claro: lo único que se puede confirmar con documentos es la biografía de Sylvia Mikkelson. Lo demás pertenece al terreno, tan vivo en el Oeste americano como en cualquier otro rincón del mundo, de las historias que se cuentan en la barra de un bar.
🕵️♀️ El caso del fantasma equivocado
Antes de llegar a Sylvia, Randol estaba convencida de que el espíritu femenino del bar era el de «Anne Marie», una mujer que había vivido en el cercano Antlers Ranch. La teoría se sostuvo durante un tiempo, hasta que una postal conservada en el Meeteetse Museums reveló un dato incómodo para esa versión: Anne Marie había muerto en Denver, muy lejos de Meeteetse, lo que hacía poco plausible que su espíritu decidiera quedarse a vigilar un bar al que, en vida, apenas tuvo vinculación directa.
Fue entonces cuando la nuera de Anne Marie, la propia Sylvia, empezó a encajar mejor con los detalles que Randol decía percibir. Las fotografías de Sylvia conservadas en el archivo del museo mostraban exactamente lo que la empleada describía sin haberlas visto antes: un cabello castaño rizado recogido, un sombrero blanco con una franja roja y un vestido de corte pradera, típico de las mujeres que, como ella, llevaban un negocio propio en un pueblo de frontera. Hoy, medio en broma, el personal del bar sigue llamando al espíritu «Anne Marie Sylvia», como recuerdo de aquella primera pista equivocada.

🤠 Frank, Willis y una barra que no es solo de Sylvia
Según Randol, Sylvia no es la única presencia que recorre el edificio. «Frank» sería un espíritu mucho menos amable, que se queda detrás de la propia barra, toca a las empleadas y en ocasiones las empuja; la camarera cree que su presencia está ligada a una soga que cuelga como elemento decorativo en el local, un detalle que en un bar del Oeste nunca pasa desapercibido. En las antípodas estaría «Willis», al que describen como un fantasma afable que prefiere frecuentar el antiguo almacén de mercancía seca, el mismo tipo de negocio que gestionó Sylvia en vida.
El relato que ha terminado construyendo el personal del bar tiene, curiosamente, su propia dinámica de relaciones: Sylvia, dicen, no soporta a Frank pero sí aprecia a Willis, como si la jerarquía social de un pequeño pueblo ganadero del siglo XIX hubiera decidido sobrevivir, sin perder matices, un siglo después de la muerte de todos sus protagonistas.

🐎 Wyoming, una tierra que no necesita a Hollywood para tener leyendas
Lo interesante del caso de Meeteetse es que no necesita ninguna conexión con el cine del Oeste para resultar fascinante: es historia local, contada de generación en generación, con documentos de archivo que sostienen la parte biográfica y testimonios personales que sostienen la parte sobrenatural. Wyoming lleva produciendo este tipo de relatos desde que los primeros colonos se instalaron en sus valles, y el propio patrimonio material del salvaje oeste que se subasta hoy en Cody, a poco más de una hora en coche de Meeteetse, demuestra hasta qué punto esta región sigue viviendo de cara a su propia memoria.
No es casual, tampoco, que estas historias sigan apareciendo en pueblos tan pequeños como este: cuanto menos ha cambiado un lugar físicamente, más fácil resulta imaginar que algo, o alguien, se quedó atrás cuando los demás se fueron. Los museos y pueblos del Oeste americano que mantienen viva su historia comparten ese mismo ingrediente: edificios que han cambiado poco, comunidades pequeñas que custodian sus propios archivos y una afición, muy del Oeste, a no dejar que ninguna buena historia se pierda del todo.
Por ahora, en el Cowboy Bar de Meeteetse la convivencia parece tranquila: los clientes vivos siguen pidiendo sus cervezas, las empleadas siguen dejando flores en el ático de vez en cuando, y Sylvia, Frank y Willis siguen, según quien atienda la barra esa noche, cada uno a su manera. Para quien quiera leer el reportaje original con todos los testimonios, está disponible en Cowboy State Daily. ¿Cuántos bares centenarios del Oeste guardan, en realidad, una historia parecida esperando a que alguien se anime a subir al ático?







